SÍNTESIS Y CONCLUSIONES


1. Un panorama regional bajo un nuevo enfoque analítico

A finales del siglo XX, la inversión extranjera directa (IED) —reflejo de la expansión internacional de las empresas transnacionales— se ha constituido en uno de los elementos centrales del proceso de globalización de la economía internacional. Durante la década de 1990 los flujos de IED a nivel mundial han experimentado un crecimiento notable, pasando de un promedio anual de 245 000 millones de dólares entre 1991 y 1996 a cerca de 400 000 millones en 1997. De este modo, las empresas transnacionales han seguido incrementando su importancia en la mayoría de las economías nacionales, tanto desarrolladas como en vías de desarrollo.

Este extraordinario crecimiento oculta las grandes diferencias que existen entre las regiones y dentro de cada una de ellas. En la presente década los países desarrollados han concentrado más del 60% de las entradas (inflows) y sobre el 90% de las salidas (outflows) de las corrientes totales de IED.

Un elemento destacado de los últimos años ha sido la creciente participación de los países en desarrollo como receptores de IED, que han llegado a representar un 38% de los flujos totales en 1997. En este último año los mayores cambios se encuentran en la distribución de los flujos mundiales de IED entre los países en desarrollo. América Latina y el Caribe experimentó un fuerte crecimiento (43%), llegando a representar un 44% de estos flujos, mientras Asia en desarrollo, a pesar de mantener la supremacía —53% de los ingresos a países en desarrollo—, evidenciaba un estancamiento relativo y África un fuerte retroceso. De este modo, la aguda crisis financiera surgida en Asia habría favorecido a América Latina como receptor de flujos de IED.

En los últimos años, el crecimiento registrado en los flujos de IED hacia América Latina y el Caribe ha sido muy significativo, pasando de 33 006 a 65 199 millones de dólares entre 1995 y 1997. Más aún y pese a la crisis asiática, esta orientación tendería a estabilizarse, ya que las estimaciones para 1998 indicarían que los ingresos de IED estarían en el mismo orden de magnitud que el registrado el año anterior. Este extraordinario crecimiento significa que el 45% del acervo de IED existente en 1997 se habría acumulado en los últimos siete años. Así, el acervo de IED en América Latina se ha renovado durante los años noventa, lo que apunta a la necesidad de volver a interpretar las características de este fenómeno.

En 1997, los flujos de IED hacia la región estuvieron apreciablemente concentrados (90%) en los países miembros de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), básicamente Brasil y México. El restante 10% se dividió entre los países de la Cuenca del Caribe (4%) y los centros financieros del Caribe (6%). En este último grupo de países llama la atención el hecho de que los montos registrados como ingresos y posteriormente como egresos son sustancialmente menores que los flujos registrados por los países receptores de la región desde los centros financieros. Esto revela una de las debilidades de la información estadística y las distorsiones que producen los centros financieros al ser lugar de tránsito de inversiones que tienen como destino final terceros países, en la región o fuera de ella. Por esta razón, es necesario complementar la información estadística oficial con antecedentes de otras fuentes.

A partir de 1996, Brasil recuperó su posición como principal receptor de IED en América Latina y el Caribe, desplazando a México. En 1997 fue el destino del 30% de la IED dirigida hacia la región, seguido de México y Argentina, con participaciones de 19% y 10% respectivamente. Con ingresos de un orden de magnitud similar, Chile, Colombia y Venezuela fueron también importantes receptores de IED. Estas seis economías, junto con Perú, concentraron el 97% de los flujos dirigidos hacia los países de la ALADI. En el presente informe se hace un análisis sintético de las principales características de este grupo de siete receptores principales de IED a nivel regional.

Los países de la Cuenca del Caribe —excluidos los centros financieros— captaron un 4% de la afluencia de IED hacia la región. Durante 1997 la subregión evidenció un crecimiento de 41%, donde sobresalen claramente Trinidad y Tabago en el sector de hidrocarburos y Costa Rica y República Dominicana en la industria manufacturera de exportación, principalmente bajo el esquema de maquiladoras. El caso de Costa Rica es especialmente interesante ya que, a través de una política selectiva, intenta estimular los ingresos de IED hacia la producción de alta tecnología y el turismo, destacando el caso de la reciente constitución de una subsidiaria de la empresa estadounidense de microprocesadores, Intel. Además, en varios países de la subregión se han intensificado los programas de privatización de empresas públicas, básicamente de energía eléctrica y telecomunicaciones, entre los cuales cabe mencionar el caso de El Salvador.

En la primera mitad de la década de 1990, la privatización de activos estatales fue el principal mecanismo de ingreso de la IED. En el período 1994-1996 el fuerte aumento de los montos de IED se sumó a la mayor relevancia que adquirieron las inversiones relacionadas con nuevos proyectos de inversión, la reestructuración y modernización de las empresas extranjeras presentes en la región y las nuevas inversiones relacionadas con la reestructuración y modernización de las empresas estatales privatizadas. En 1997, prolongando la tendencia de los últimos años, la transferencia de activos —tanto públicos como privados— hacia inversionistas extranjeros ha sido la principal modalidad adoptada por la IED en América Latina y el Caribe. Esta dinámica es especialmente intensa en las economías de mayor tamaño, tales como Brasil, Argentina, México, Colombia, Venezuela y Chile. En aquellos países cuyos programas de privatización están en sus últimas etapas (Argentina, Chile, México y Perú), las transacciones entre agentes privados son más importantes. La IED vinculada a la compra de activos fijos del sector privado superó levemente a la compra de activos estatales; no obstante, esta última experimentó un mayor crecimiento relativo —especialmente en Brasil y Colombia, cuyos programas de privatización están en pleno auge. Así, en este último año, las tres principales modalidades de la IED en la región (adquisiciones de activos privados, privatizaciones e inversiones en nuevos activos) registraron magnitudes similares.

En los nuevos y masivos ingresos de capital se ha ido incorporando a las formas tradicionales de ventas de activos estatales una "segunda ola" de privatizaciones, caracterizada por la transferencia al sector privado de actividades —en forma de concesiones— antes provistas por el Estado, la que se suma a la apertura parcial de nuevos mercados (telefonía celular) y al acceso de la inversión privada extranjera a algunas de las grandes empresas públicas (minería y petróleo). En muchos casos, los inversionistas extranjeros se han asociado con firmas locales, como una manera de diversificar los riesgos asociados a estas operaciones. A pesar de no incrementar, por lo menos en un primer momento, la capacidad productiva del país receptor, estas inversiones han permitido mejorar la calidad de los servicios (principalmente generación y distribución de energía, transporte y telecomunicaciones), lo que ha incidido positivamente en la competitividad sistémica del país receptor.

Asimismo, en mercados más abiertos, los propietarios de muchas empresas latinoamericanas se han visto obligados a vender, al no poder contar con la tecnología y el capital necesario para competir. Durante los últimos años, muchas empresas extranjeras han aprovechado estas oportunidades para entrar o expandir su presencia en la región. Este proceso ha sido especialmente intenso en México —de modo de aprovechar las ventajas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC)— y Argentina y Brasil, como una manera de crear y consolidar redes subregionales de producción en el marco del Mercado Común del Sur (Mercosur).

En los últimos años, paralelamente a la expansión y diversificación del comercio intrarregional, se ha registrado un importante incremento de las inversiones entre los países de la región. Se trata de una dinámica que adquiere dimensiones importantes en el Cono Sur, especialmente en Chile. Aún es un proceso incipiente y difícil de medir, dadas las dificultades para obtener la información pertinente. No obstante, es muy probable que siga en ascenso, en la medida que se avance y profundice en los esquemas de liberalización e integración regional. Asimismo, esta tendencia revela un cambio importante en la manera de encarar los desafíos de la globalización por parte de las empresas líderes latinoamericanas, y una creciente confianza en la marcha de las economías regionales.

Entre 1994 y 1997, las empresas extranjeras incrementaron su importancia relativa entre las 500 mayores empresas de la región, pasando del 29% al 33% de las ventas totales de este grupo. En 1997 manifestaron una gran concentración en sólo tres países (88%) —Brasil, México y Argentina— y en sólo seis actividades económicas (84%) —la industria automotriz (26%), los alimentos, bebidas y tabaco (19%), el comercio (11%), la electrónica (10%), el petróleo (9%) y la industria química (9%). Cerca del 50% de estas empresas extranjeras son de origen estadounidense y el 38% proviene de países miembros de la Unión Europea.

FLUJOS DE INVERSIÓN EXTRANJERA DIRECTA
EN LOS PAÍSES DE LA ASOCIACIÓN LATINOAMERICANA DE INTEGRACIÓN (ALADI), 1990-1998

Para 1998, según las estimaciones de la Unidad de Inversiones y Estrategias Empresariales de la CEPAL, los flujos de IED hacia los países de la ALADI estarían en el orden de los 58 100 millones de dólares, cifra prácticamente igual a la registrada en 1997 a pesar de la crisis asiática. Por lo tanto, aparentemente la tendencia de crecimiento extraordinario que ha evidenciado la IED desde 1994 estaría comenzando a estabilizarse. Al igual que en los últimos dos años, las corrientes de IED se estarían concentrando en Brasil, donde superarían por amplio margen a las entradas registradas en México, Chile, Colombia, Argentina y Venezuela. Este hecho se debe al gran interés que han demostrado los inversionistas internacionales por el programa de privatizaciones brasileño durante 1998. A modo de ejemplo, en julio de 1998, con la venta del "Sistema Telebrás" ingresaron al Brasil 12 620 millones de dólares por concepto de IED.

En el presente informe se ha intentado recopilar y sistematizar la información disponible sobre este proceso, de modo de contribuir a una mejor interpretación del mismo. Los antecedentes obtenidos a través del programa de investigación de la Unidad de Inversiones y Estrategias Empresariales y de la prensa financiera, aunque no son estrictamente comparables, han permitido complementar las cifras oficiales (tanto de los países receptores como de los principales inversionistas) sobre las corrientes de IED. Estos antecedentes, unidos a un análisis combinado del renovado contexto del mercado internacional, las políticas nacionales y las estrategias empresariales, revelan las características de los nuevos flujos de IED y proporcionan algunos indicios sobre las estrategias de los inversionistas extranjeros en el panorama regional de finales del siglo XX.

· El avance del proceso de globalización ha modificado la estructura del mercado internacional, la naturaleza de los competidores, las exigencias tecnológicas, las regulaciones y normas internacionales en el campo del comercio, las inversiones y la propiedad intelectual. Así, las empresas que desarrollan actividades en la región —como los nuevos entrantes— se han visto enfrentadas a una nueva situación competitiva que ha alterado la estructura, calidad y dimensión de sus inversiones en América Latina y el Caribe.

· Nuevas políticas nacionales: la estabilización macroeconómica, la apertura comercial y financiera, la desregulación de la economía, los amplios programas de privatización, la liberalización de los marcos regulatorios aplicables a las inversiones privadas y los procesos de integración regional han modificado sustancialmente el ambiente de los negocios en América Latina y el Caribe, incentivando decisiones de inversión por parte de empresas (nacionales e internacionales) que ya operaban en la región o de nuevos entrantes.

· Las empresas transnacionales se han adaptado a este renovado entorno y han implementado nuevas estrategias a fin de aprovechar las tendencias del mercado internacional y de las políticas nacionales. Así, en mayor o menor grado, estas compañías han comenzado a establecer sistemas de producción integrados a nivel internacional, regional y subregional, en los que paulatinamente han ido incorporando a algunas economías de América Latina y el Caribe.

Los nuevos patrones de competencia —resultantes de la apertura comercial y financiera— despertaron el interés de nuevos entrantes y obligaron a las empresas transnacionales presentes en la región a redefinir sus estrategias. Entre las firmas con presencia latinoamericana, algunas se retiraron (optando por abastecer a los mercados locales a través de exportaciones) o bien, movidas por el propósito de defender o incrementar su participación de mercado, racionalizaron sus operaciones (básicamente con estrategias de carácter defensivo con respecto a las importaciones) o reestructuraron sus actividades, realizando nuevas inversiones en que se considera el renovado contexto nacional, subregional (en el caso del TLC y el Mercosur) e internacional. De este modo, se pueden identificar dos estrategias, básicamente en actividades industriales, que tienen que ver con:

- la búsqueda de eficiencia en los sistemas internacionales de producción integrados de las empresas transnacionales, y

- la búsqueda de acceso a los mercados nacionales y subregionales.

Como resultado del proceso de desregulación de las economías latinoamericanas, se han abierto nuevas oportunidades de inversión en sectores anteriormente restringidos a la actividad privada en general y a la presencia de empresas extranjeras en particular. De tal manera que se ha registrado un notable ingreso de nuevos entrantes en actividades extractivas (minería e hidrocarburos) y servicios (finanzas, energía y telecomunicaciones). Así, se advierten otras dos estrategias básicas adoptadas por los inversionistas extranjeros en la región:

- la búsqueda de materias primas, y

- la búsqueda de acceso a mercados nacionales en sectores de servicios.

La primera de estas estrategias estilizadas se ha verificado con mayor fuerza en el caso de México, principalmente en los subsectores automotor, de autopartes, de la informática, de la electrónica y de las prendas de vestir. En efecto, en respuesta al "desafío asiático" en el mercado estadounidense, las tres mayores empresas automotrices de Estados Unidos (General Motors, Ford y Chrysler —antes de ser adquirida por la empresa alemana Daimler-Benz) y algunas de otras procedencias (Volkswagen y Nissan) tomaron medidas para mejorar la eficiencia de su producción, invirtiendo en México en nuevas plantas con maquinaria y tecnología de punta. Del mismo modo, aprovechando las ventajas del TLC y del programa de maquiladoras, las empresas extranjeras (estadounidenses y en menor medida asiáticas) han invertido en México para exportar al mercado de América del Norte, en especial para la fabricación de productos electrónicos (televisores, computadores, equipos de sonido y de telecomunicaciones, etc.) y confecciones.

Al igual que en México, aprovechando las ventajas que ofrecen las zonas de procesamiento de exportaciones (maquiladoras), los bajos salarios y las preferencias arancelarias en Estados Unidos, muchas empresas estadounidenses han invertido o concretado asociaciones con empresarios locales en países de la Cuenca del Caribe (Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Honduras y Guatemala), con el objeto de mejorar su competitividad en el mercado de América del Norte. En el caso de los países centroamericanos y caribeños, la respuesta al "desafío asiático" se concentró en los sectores de las confecciones y los equipos eléctricos y electrónicos.

Siempre en el caso de las actividades manufactureras, destacan las estrategias de racionalización y modernización con el propósito de acceder, defender o incrementar la participación en un mercado nacional o eventualmente subregional. En el caso de Argentina y Brasil —y por extensión del Mercosur—, las empresas extranjeras con presencia en estos mercados se vieron obligadas a replantearse sus estrategias frente a los nuevos patrones de competencia resultantes de la apertura de estas economías. En general, las empresas buscaron mantener y ampliar su presencia en estos mercados con una producción fundamentalmente destinada a los mercados locales, pero suficiente para competir con las importaciones. Así, se han evidenciado fuertes inversiones en los subsectores automotor y de alimentos y las industrias química y de la maquinaria. En el caso de la industria automotriz del Mercosur, las empresas con una gran presencia (Fiat, Volkswagen, Ford y General Motors) están realizando inversiones para defender su participación de mercado y responder al aumento de la demanda, especialmente de los autos compactos, llamados populares. Asimismo, hay un mayor número de empresas que quieren entrar (o regresar) a la subregión (Chrysler, Renault, Peugeot, BMW, Mercedes Benz, Honda, Asia Motors y Hyundai), buscando nuevos "nichos de mercado".

Por otra parte, un grupo importante de empresas transnacionales de antigua presencia en la región ha adoptado una estrategia diferente para lograr un mejor posicionamiento en los revitalizados mercados regionales. En particular en los países del Mercosur y en otros mercados importantes, como México y Venezuela, las mayores empresas extranjeras de los sectores de alimentos, bebidas y tabaco han buscado eliminar a la competencia y consolidar su posición en estos mercados a través de la masiva adquisición de activos locales.

La tercera estrategia identificada es el resultado de la apertura al capital extranjero de las actividades relacionadas con la exploración, explotación y procesamiento de recursos naturales. El primer país que concentró el interés de las más importantes empresas transnacionales fue Chile, luego de otorgar amplias garantías y libre acceso a los recursos mineros. Con posterioridad, ya entrada la década de 1990, otros países, como Argentina, Bolivia y Perú, han adoptado políticas similares, verificándose importantes inversiones nuevas en la actividad minera.

Uno de los hechos más significativos de los últimos años ha sido la progresiva liberalización del subsector de hidrocarburos —hasta hace pocos años bajo control estatal—, lo que ha permitido una creciente presencia de inversionistas internacionales en actividades vinculadas a la exploración, explotación, procesamiento, distribución y comercialización de petróleo, gas natural y sus derivados, a través de la licitación de reservas secundarias, la formación de empresas conjuntas en ciertas actividades principales y, en algunos casos, la privatización completa del subsector. Los casos más llamativos a nivel regional son Venezuela, Colombia, Argentina, Perú y Bolivia. En el primer país existen proyectos conjuntos en curso entre la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) e inversionistas extranjeros, con los que se espera atraer más de 30 000 millones de dólares en los próximos diez años; así, Venezuela duplicará su producción.

Finalmente, la amplia apertura de los sectores de servicios en América Latina y el Caribe ha significado que en la mayoría de los casos nacionales estas actividades adquieran una importancia cada vez mayor en los ingresos de IED. En efecto, los inversionistas extranjeros, gran parte de ellos nuevos entrantes, han logrado crecientes y significativas participaciones en los subsectores de las finanzas, la energía —generación y distribución de energía eléctrica y distribución de gas natural— y las telecomunicaciones.

En el caso del subsector financiero, destaca la estrategia adoptada por los bancos españoles, en particular el Santander, el Bilbao Vizcaya (BBV) y el Central Hispano (BCH). Gracias a una enérgica estrategia de adquisiciones, estos bancos han logrado una fuerte presencia en la región, especialmente en Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Perú y Venezuela. En general, estos tres bancos españoles, además del Hong Kong Shanghai Bank Corp. (HSBC) y el banco canadiense Bank of Nova Scotia, estarían abocados a conquistar un decidido liderazgo en el subsector financiero latinoamericano por la vía de su posicionamiento regional.

En los últimos años, como resultado de la privatización de las empresas públicas de generación y distribución de energía eléctrica, un renovado contingente de inversionistas extranjeros ha tomado posición en el sector energético latinoamericano. En este sentido, destacan las empresas chilenas (Enersis, Endesa y Gener) y españolas (Endesa e Iberdrola) y una serie de firmas pioneras de origen estadounidense (AES Corp., Houston Industries Energy Inc., Southern Electric, CEA, Dominium Energy y CMS Energy). El objetivo principal de esta ambiciosa estrategia de compras y cuantiosos planes de inversiones es el mercado brasileño, deficitario de energía. Dada la dimensión de los recursos involucrados, la toma de control de los activos privatizados fue el resultado de la conformación de consorcios integrados por empresas extranjeras de diferentes orígenes asociadas con poderosos grupos locales. El primer foco de interés fueron las privatizaciones en Argentina, para luego concentrarse en Brasil. Asimismo, comenzó a entablarse un fuerte vínculo entre los megaproyectos de transporte y distribución de gas natural y la generación de energía eléctrica en Brasil. La empresa estadounidense Enron ha estado especialmente activa y ha tenido una importante participación en toda la cadena de provisión de energía: posesión y explotación de yacimientos de gas natural, transporte y distribución de gas natural (a nivel local y regional) y generación de energía eléctrica.

Las empresas de telecomunicaciones han estado entre las más valoradas por los inversionistas extranjeros. Desde finales de la década de 1980 han pasado a manos privadas las principales empresas estatales de telecomunicaciones de Argentina, Bolivia, Chile, México, Perú, Venezuela y recientemente Brasil, y se ha licitado la telefonía celular. En este nuevo escenario, las más activas han sido Telefónica de España en la telefonía fija (llamadas locales y de larga distancia) y la estadounidense BellSouth en telefonía móvil. La reciente privatización del "Sistema Telebrás" evidenció el gran interés de las empresas extranjeras por este tipo de activos en la región, ya que el Gobierno brasileño obtuvo una recaudación que ascendió a más del doble de sus expectativas iniciales. Incluso a nivel regional, lentamente se advierte una tendencia cada vez más fuerte en los mercados de los países industrializados: la creciente integración entre los sistemas de telecomunicaciones con los demás medios de comunicación (televisión abierta, por cable y satelital, acceso a Internet, y prensa escrita).

Esta tendencia es particularmente clara en Argentina, donde se está conformando una peculiar alianza estratégica entre Telefónica de España y el banco estadounidense Citicorp, para el control de una parte significativa de la telefonía fija y celular, televisión abierta y por cable, acceso a Internet y otros medios de comunicación masiva.

En definitiva, a través de cuatro estrategias básicas las empresas transnacionales han contribuido a una mayor integración de los países de América Latina y el Caribe a la economía internacional, superando las dificultades de las transformaciones internas y las repercusiones de las perturbaciones externas. De este modo, varios países latinoamericanos comienzan a formar parte de los esquemas integrados de producción de las más importantes empresas transnacionales, las cuales están llevando a cabo nuevas inversiones o reestructurando las antiguas, estimuladas por el nuevo panorama regional.


2. Brasil: principal receptor de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe

En los últimos años, coincidiendo con la política de estabilización (Plan Real), apertura y liberalización, los flujos de IED hacia la economía brasileña se han incrementado considerablemente, pasando de unos 3 000 millones de dólares en 1994 a más de 19 600 millones en 1997. Incluso para 1998 se esperan entradas que superen los 25 000 millones de dólares. Así, Brasil ha recuperado el primer lugar de las preferencias de los inversionistas extranjeros en América Latina y el Caribe. Este extraordinario crecimiento de los ingresos de IED se basa esencialmente en dos elementos diferentes, aunque relacionados entre sí.

En primer lugar, la reacción de las empresas transnacionales con prolongada presencia en Brasil frente al renovado contexto económico. En 1995 gran parte del acervo de IED estaba concentrado en el sector manufacturero (55%), en cuyas ramas tecnológicamente más sofisticadas predominaban las empresas transnacionales. Hasta mediados de la presente década, en un escenario nacional de gran inestabilidad macroeconómica, estas empresas defendieron su participación de mercado, principalmente con la racionalización de sus operaciones locales —sin grandes inversiones—, lo que aumentó su rezago en relación a la frontera del desarrollo tecnológico. Con la aplicación del exitoso programa de estabilización y la progresiva apertura y liberalización de la economía, las empresas transnacionales presentes en Brasil tuvieron que reevaluar sus estrategias corporativas en el país y la relación con sus redes globales de producción integrada. Así, mientras algunas se retiraron, otras se vieron forzadas a reestructurarse, realizando fuertes inversiones para defender su participación de mercado. Las nuevas inversiones estuvieron destinadas a apoyar dos estrategias muy diferentes:

· La reestructuración y modernización de las instalaciones existentes o la construcción de nuevas y modernas plantas, como ocurrió, por ejemplo, con las montadoras de automóviles. En varias industrias, esta estrategia de reestructuración y modernización se ha extendido al ámbito del Mercosur.

· Una enérgica estrategia de adquisiciones de activos de empresas locales, con el objeto de fortalecer y extender su presencia en el mercado brasileño, concentrándose en su línea principal de actividad. En general, durante los últimos años las empresas extranjeras se han diversificado menos y han utilizado las adquisiciones para eliminar o desalentar a la competencia, apostando a las potencialidades del mercado brasileño y del Mercosur.

En segundo lugar, cabe mencionar la reacción de los inversionistas extranjeros no establecidos en Brasil frente a las nuevas oportunidades que se abrieron con la desregulación de la economía. La masiva llegada de nuevos entrantes es especialmente significativa en los servicios, actividad que en muchos casos imponía fuertes restricciones a la presencia de la IED. De este modo, los servicios desplazaron a las manufacturas como principal destino de la IED, concentrando el 57% del acervo a finales de 1997. Las nuevas oportunidades no sólo atrajeron a las grandes empresas transnacionales, sino también a algunas de tamaño reducido —incluso en sus mercados de origen— que en Brasil daban los primeros pasos en su proceso de internacionalización. La estrategia básica adoptada por estos nuevos inversionistas fue la compra de activos existentes, a través de dos mecanismos principales:

· La privatización de activos estatales, proceso en el cual los inversionistas extranjeros han dominado la compra de empresas en el sector eléctrico y de las telecomunicaciones. Asimismo, la modernización de las instalaciones compradas ha traído importantes ingresos de IED en forma de nuevos activos.

· La adquisición de empresas locales afectadas por la nueva situación competitiva de la economía brasileña, proceso que ha sido especialmente intenso en el subsector financiero.

En esta visión estilizada destacan dos elementos nuevos de la experiencia reciente de Brasil: una parte significativa de los flujos de IED son transferencias de propiedad, y existe una fuerte concentración en actividades no transables. Los efectos sobre la economía brasileña son inciertos y despiertan fuertes debates. Por un lado, la masiva concurrencia de inversionistas extranjeros —a través de la compra de activos existentes— podría traer efectos positivos en términos de modernización y mejoramiento de los servicios, con el consiguiente impacto favorable sobre la competitividad sistémica del país. Asimismo, los nuevos patrones de competencia podrían estimular a la empresas transnacionales del sector manufacturero a integrar más activamente a Brasil en sus redes internacionales de producción. Finalmente, las grandes dimensiones del mercado interno (potenciado con el Mercosur) y las mejores perspectivas económicas deberían seguir atrayendo a los inversionistas internacionales hacia el país.

Por otra parte, los ingentes ingresos de IED que ha registrado la economía brasileña parecen tener características coyunturales más que reflejar una firme tendencia de largo plazo, en especial si se tiene en cuenta que el programa de privatizaciones se iría agotando en los próximos años. Además, la preferencia por los servicios acentuaría el sesgo antiexportador —característico del proceso de industrialización brasileño—, lo que podría significar mayores dificultades de balanza de pagos en el futuro.


3. Estados Unidos: principal fuente de inversiones directas en América Latina y el Caribe

La región de América Latina y el Caribe ha adquirido una creciente importancia en las estrategias con que las empresas transnacionales de Estados Unidos están haciendo frente a los nuevos desafíos de la globalización. La inversión directa de Estados Unidos en la región es un excelente ejemplo de la disonancia entre la información oficial sobre flujos de IED desde una perspectiva de balance de pagos y las estrategias empresariales manifiesta en sus operaciones en la región, que dificulta la percepción del proceso de globalización. El Gobierno de Estados Unidos suministra amplia información estadística sobre la IED estadounidense desde esta perspectiva a través del Survey of Current Business del Departamento de Comercio. Desafortunadamente, las inversiones estadounidenses que pasan por centros financieros de la región distorsionan las estadísticas agregadas, dado que llegan a representar 43% del acervo de la IED estadounidense en América Latina y el Caribe. En otras palabras, un poco menos de la mitad de la IED en la región tiene un destino distinto del registrado. Por eso, la visión de la realidad de la globalización depende de la intuición y no es evidente a partir del análisis de estas cifras globales.

El proceso de globalización se manifiesta mucho más claramente al analizar algunas operaciones representativas de la IED de este origen en la región. Los elementos centrales para comprender mejor este fenómeno han sido la información sobre operaciones proporcionada por el Gobierno de Estados Unidos en los Benchmark Surveys de la Oficina de Análisis Económicos del Departamento de Comercio de los Estados Unidos y los resultados del programa de investigación de la Unidad de Inversiones y Estrategias Empresariales de la CEPAL. Se ha podido observar así que el carácter de las inversiones ha cambiado sustancialmente respecto de las estrategias tradicionales, de acuerdo con las exigencias y oportunidades vinculadas a los procesos de globalización y de reforma estructural aplicados en los países de la región.

En los años noventa, América Latina y el Caribe se ha convertido en la región en desarrollo de mayor interés para los inversionistas estadounidenses, lo que explica que haya llegado a representar 20% de su acervo total de IED (si se excluyen los centros financieros, la participación regional se reduce a 11%). Las inversiones directas estadounidenses en la región aumentaron de 10 141 millones de dólares al récord histórico de 23 784 millones de dólares entre 1990 y 1997. Esto ha significado que el acervo de la IED estadounidense se ha renovado en los últimos años. Asimismo, corresponde a la región 8.3% de las ventas totales y 8.5% de las exportaciones de las filiales con capital mayoritario de las empresas transnacionales estadounidenses presentes en América Latina y el Caribe. Con respecto a las manufacturas, las ventas totales y las exportaciones alcanzan a 9.9% y 6.2% del total mundial de las empresas transnacionales con base en los Estados Unidos. Por lo tanto, la región es claramente importante en términos de las estrategias empresariales de las compañías de este país.

Al analizar los flujos de IED en el contexto de estudios de caso de los nuevos focos de actividad económica, se pudo determinar que las empresas estadounidenses se concentran en la industria manufacturera y en los servicios (telecomunicaciones y energía). Así, en el sector manufacturero aprovechan ciertas ventajas (como los bajos salarios, la proximidad geográfica y el acceso privilegiado al mercado estadounidense) para incrementar su capacidad de competencia en su propio mercado y enfrentar a las empresas asiáticas. Esto se aprecia muy claramente, por una parte, en el caso de la industria automotriz mexicana en el marco del TLC y, por la otra, en las actividades de maquila en la Cuenca del Caribe, mediante el mecanismo conocido como la norma HTS 9802. En esta forma, las empresas estadounidenses buscan mejorar la eficiencia de su sistema regional de producción integrada frente a los desafíos que enfrentan en su propio mercado.

En México, Ford, General Motors y Chrysler lograron competir en mejores condiciones con los vehículos japoneses y coreanos en el mercado estadounidense, gracias a la instalación de nuevas plantas que reemplazaron a las viejas plantas del período de sustitución de importaciones industriales, con las que se abastecía al mercado local. Efectivamente, estas empresas lograron responder en cierta medida al desafío japonés en su propio mercado, invirtiendo en esas nuevas plantas —en las que aplicaron modernas tecnologías y prácticas organizativas— con el fin de exportar vehículos competitivos al mercado estadounidense. De su producción de vehículos de pasajeros en México, alrededor de tres cuartas partes se destinan al mercado de América del Norte. El acuerdo respecto de la industria automotriz contenido en el TLC contempla normas de origen que para el 2004 exigirán un 62.5% de insumos provenientes de Canadá, Estados Unidos o México, otorgando así ventajas competitivas temporales a las montadoras estadounidenses. En esta forma, el análisis combinado de los tres conjuntos de factores —el desafío japonés en el mercado internacional, las nuevas reglas de transición y las que rigen la industria en el contexto de la política subregional (TLC) y las renovadas estrategias empresariales de las principales empresas estadounidenses del sector— permite discernir con mayor nitidez el significado de los nuevos flujos de IED estadounidense en México.

Algo parecido sucede con la industria de ensamblaje de prendas de vestir en la Cuenca del Caribe. Las empresas estadounidenses enfrentaron una especie de "desafío chino" en su propio mercado. Los fabricantes, distribuidores y comercializadores de confecciones más importantes han encontrado en las zonas francas de la Cuenca del Caribe grandes ventajas, que les permiten mejorar su competitividad internacional. El mecanismo HTS 9802 facilitaba el ensamblaje de prendas de vestir sobre la base de insumos estadounidenses al cobrar aranceles sólo sobre el valor agregado fuera de Estados Unidos, otorgando así ventajas competitivas a las empresas estadounidenses y sus asociados en las zonas de procesamiento de exportaciones. También en este caso el análisis de tres conjuntos de factores —el desafío chino en el mercado internacional, las nuevas reglas imperantes en las zonas francas de exportación, combinadas con la norma HTS 9802, y las estrategias reformuladas de las empresas estadounidenses del rubro— define el significado de las iniciativas de empresas de Estados Unidos y sus asociadas en la Cuenca del Caribe, algo que las cifras oficiales sobre flujos de IED no captan adecuadamente.

Los cambios en la situación competitiva de las empresas estadounidenses de servicios son mucho más recientes y aún no se reflejan plenamente en la información oficial sobre operaciones. Al parecer, el caso de las empresas del subsector de la energía (electricidad y distribución de gas) y el de las telecomunicaciones tienen varios elementos en común. El alto grado de competencia en el mercado estadounidense, que ha provocado una mayor concentración por la vía de fusiones y adquisiciones de las empresas de primera línea, habría obligado a las de medianas y pequeñas dimensiones a expandirse fuera de Estados Unidos en el contexto del proceso de globalización.

Las nuevas políticas implementadas en América Latina (desregulación y privatización) ofrecieron buenas oportunidades a empresas pioneras estadounidenses en estas áreas. Actualmente, muchas de ellas se encuentran ya en una segunda fase de la IED, lo que significa que disminuyen las adquisiciones y amplían su base generadora. En el campo de las telecomunicaciones, las inversiones iniciales en telefonía celular estarían situando a las empresas estadounidenses en una buena posición para cuando llegue el momento en que los mercados latinoamericanos —sobre todo de telefonía fija local y de larga distancia— se vuelvan más competitivos. Al igual que en los casos anteriores, estas inversiones se pueden entender mejor como el resultado de una combinación de factores relacionados con el mercado internacional, las políticas nacionales y las nuevas estrategias de estas empresas estadounidenses.

En suma, durante los años noventa, las nuevas estrategias de las empresas estadounidenses en América Latina y el Caribe se han detectado en distintas ramas de actividad económica. Dichas empresas han buscado mejorar su eficiencia en materia de manufacturas, específicamente en el caso de la industria automotriz en México y la de vestuario en la Cuenca del Caribe, así como lograr acceso a los mercados nacionales en el de la generación y distribución de energía (electricidad y gas natural) y telecomunicaciones. El análisis de estas nuevas estrategias empresariales permite complementar las estadísticas oficiales de IED y superar algunas de sus deficiencias.


4. La industria automotriz: concentración de las mayores empresas extranjeras en América Latina y el Caribe

La inversión extranjera ha sido —y sigue siendo— motor de la industria automotriz en América Latina. Hace varios decenios el abrupto ingreso de las empresas japonesas al mercado mundial de automóviles y el desafío que plantearon para las industrias competidoras provocaron un cambio en las estrategias globales de las empresas de Estados Unidos y Europa. Al ser un fenómeno relativamente reciente, permitió que algunos países de América Latina se integraran en los sistemas incipientes de producción regional o subregional de vehículos y motores de las montadoras estadounidenses y europeas. De esta manera, la nueva situación competitiva de la industria automotriz latinoamericana no obedece a los flujos de IED que las armadoras japonesas ingresaron para establecerse en la región, sino de la reacción de las empresas estadounidenses y europeas, que invirtieron en América Latina para mejorar su competitividad en los mercados externos o mantener su participación en los mercados internos de alto potencial de crecimiento y en avanzado proceso de apertura comercial.

Paralelamente a los cambios en el mercado mundial de automóviles, los gobiernos de la región han adoptado reformas radicales en la conducción de las políticas económicas nacionales. Así, el mercado está adquiriendo un papel central en la asignación de recursos, se están eliminando las barreras proteccionistas tradicionales al comercio internacional, abandonando las políticas industriales selectivas, suprimiendo los subsidios y eliminando las restricciones a la iniciativa privada, nacional o extranjera. No obstante, se han producido importantes excepciones temporales en el subsector automotor, en el contexto de los esquemas de integración. En la última década se han establecido esquemas de integración que básicamente crean barreras comunes proteccionistas para promover el comercio dentro del bloque. Estas transacciones comerciales cuentan con normas de origen que favorecen la producción subregional en distintas medidas. De este modo, se busca estimular la inversión, la producción y las exportaciones dentro de la subregión.

En América Latina y el Caribe destacan dos iniciativas: el TLC y el Mercosur. Asimismo, ambas incorporaron medidas especiales sobre la industria automotriz, que contemplaban disposiciones legales aplicables incluso en los períodos de transición hacia la plena ejecución de los acuerdos. En esencia, las medidas transitorias, combinadas con la protección arancelaria y las normas de origen regional, otorgaron un trato preferencial a la producción automotriz subregional. Además, definieron el programa de desgravación y graduaron o limitaron la eliminación de incentivos y requisitos sobre el contenido nacional, la generación de divisas y las exportaciones.

En el TLC y el Mercosur participan las tres economías de la región en que la industria automotriz se ha mostrado muy dinámica en los años noventa: México (TLC), Argentina y Brasil (Mercosur). En ellas, aunque en distinto grado, la IED ha transformado y reestructurado la capacidad de producción de vehículos, colocándolas en mejor posición competitiva, ya sea en los mercados externos o ante las importaciones de vehículos en su propio mercado. Sin embargo, han sido muy diferentes los avances en la transformación de su capacidad productiva y, con ello, en su forma de insertarse en las redes regionales o subregionales de producción integrada de vehículos y motores.

La experiencia mexicana se ha considerado más positiva. La productividad casi alcanzó al doble (33 automóviles por empleado) de la registrada en Argentina y Brasil y la competitividad internacional fue muy superior, no sólo en cuanto al volumen (20 800 millones de dólares por concepto de exportaciones automotrices en 1997) sino también por el hecho de colocar su producción en un mercado más exigente —el más grande del mundo, América del Norte, donde ha duplicado con creces su participación— y por el elevado superávit comercial que ha registrado (7 800 millones de dólares en 1997). No obstante, también es cierto que la industria mexicana, para lograr la reestructuración competitiva, tuvo que bajar sus exigencias relativas al contenido nacional (de 60% a 30%, en el caso de los modelos para exportación) y dejar de lado en cierta medida a la industria de autopartes, previamente reservada a empresas nacionales. De este modo, se ha establecido una industria automotriz ágil y competitiva, dedicada a la exportación y capaz de incrementar sus ventas externas cuando se producía una merma de la demanda nacional —como ocurrió después de la crisis del peso en diciembre de 1994. El TLC permitió consolidar los cambios realizados a través de las inversiones directas de las principales empresas transnacionales de la industria, sin mayores conflictos entre los países miembros.

La experiencia de Ford (México) capta muy bien el sentido de la reestructuración competitiva de la industria automotriz mexicana. Para defender su participación en el mercado de origen contra el desafío asiático, Ford hizo fuertes inversiones directas en México para establecer plantas productoras de motores y vehículos de exportación capaces de competir en el mercado mundial. Asimismo, Ford —gracias a su asociación con Mazda— aplicó en estas plantas tecnologías y sistemas de organización de categoría mundial, con resultados sorprendentes en términos del incremento de su competitividad en el mercado de América del Norte, incluso frente a las empresas japonesas que allí operaban.

Si bien es cierto que en el Mercosur se realizaron cambios muy importantes y positivos con respecto a la competitividad de la industria, estos logros son más recientes y menos profundos que los registrados en México, en el marco del TLC. Desde esta misma perspectiva se pueden apreciar mejor algunas de las deficiencias relativas de la industria automotriz del Mercosur. En los casos de Argentina y Brasil —en relación con México—, la productividad (19.5 y 17.8 vehículos por empleado) es sustancialmente menor, al igual que la competitividad internacional, tanto en cuanto a la dimensión (exportaciones automotrices de 4 600 millones y 2 800 millones de dólares en 1997) como a las características de su mercado de destino (Mercosur). En agosto de 1998, una caída de la demanda brasileña produjo la suspensión de las actividades en algunas plantas argentinas, debido a su falta de competitividad para exportar a otros mercados más exigentes. Asimismo, ambas industrias arrojan significativos déficit comerciales, como resultado de las escasas exportaciones de vehículos y las fuertes importaciones de autopartes (y vehículos, en el caso de Argentina).

Simultáneamente, se ha revelado una relación conflictiva entre los principales socios del Mercosur —Argentina y Brasil—, debido a la alta dependencia de la industria automotriz respecto del mercado brasileño. Estos inconvenientes se han manifestado cuando Brasil ha restringido las importaciones en épocas de dificultades de balanza de pagos (1995), desviado IED a través de incentivos, o cuando ha habido desacuerdo sobre el nivel de protección externa o las normas de origen para la industria automotriz del Mercosur (1998). De hecho, ambos países no tienen una visión homogénea de la industria automotriz dentro de este esquema de integración.

Brasil ha puesto el énfasis de su política en el mercado nacional, especialmente los automóviles compactos (llamados "populares"), mientras que Argentina ha apostado a la consolidación del mercado subregional. La experiencia de Fiat en Argentina y Brasil es un claro ejemplo de la reestructuración de la industria automotriz en estos países. Fiat posee un sistema internacional de producción bastante limitado, en el cual Brasil figura como su principal inversión fuera de Europa occidental. La estrategia fundamental de Fiat frente al desafío asiático fue defender su participación en el mercado brasileño, para lo cual realizó inversiones a fin de especializarse en dos modelos de auto popular. Una vez consolidada su posición en el segmento principal del mercado interno brasileño, Fiat contempló las oportunidades ofrecidas por el Mercosur. A principio de los años ochenta, Fiat se había retirado de Argentina, funcionando desde entonces con arreglo a un acuerdo de licencia suscrito con la empresa nacional, Sevel. Su posterior retorno a Argentina se explica básicamente en términos de la especialización promovida por el comercio compensado. Así, la experiencia de esta empresa italiana capta las dos visiones del Mercosur encarnadas por Argentina y Brasil.

En este sentido, la influencia de la política nacional en algunas ocasiones ha sido más importante que la política subregional y ha afectado considerablemente a las inversiones directas llevadas a cabo por Fiat. Además, la incertidumbre respecto del acceso a los mercados repercute negativamente en las inversiones dirigidas a plantas para la exportación. En los dos últimos años, las operaciones de Fiat han producido un amplio déficit comercial en Brasil. Así, el ejemplo de Fiat en el Mercosur muestra algunos de los problemas que pueden surgir de la superposición de la situación competitiva en el mercado internacional, la variabilidad de las políticas nacionales y subregionales y la estrategia empresarial de un competidor de segundo orden.

El análisis de los ejemplos de las industrias automotrices de México dentro del TLC y de Argentina y Brasil dentro del Mercosur, tal como las experiencias particulares de Ford y Fiat, indica que una buena apreciación de la situación competitiva en el mercado internacional de automóviles, combinada con un conocimiento de las estrategias corporativas de los agentes más importantes de la industria, permite una mejor definición de las metas de las políticas nacionales y subregionales de la industria automotriz y una mayor probabilidad de éxito.