I. SÍNTESIS Y CONCLUSIONES


La inversión extranjera directa (IED) se ha constituido en un elemento central del proceso de globalización que caracteriza a la economía internacional de finales del siglo veinte. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que la IED es sólo uno de los elementos de este proceso, quizás más visible por el hecho de existir mayor información estadística al respecto. Otros elementos importantes son la transferencia de tecnología, las empresas conjuntas, las alianzas estratégicas y las redes de proveedores, entre otros, en todos los cuales la participación de las ET desempeña un papel fundamental. Por consiguiente, el hecho de que el presente informe esté dedicado a la IED no significa que las otras formas de articulación de las economías nacionales con las ET sean menos importantes.

Durante la década de 1990 las corrientes de IED a nivel mundial han experimentado un crecimiento notable, de un promedio anual de 142 000 millones de dólares entre 1985 y 1990 a más de 350 000 millones en 1996. Así, como resultado de este proceso, ha aumentado la importancia de las empresas transnacionales (ET) en la mayoría de las economías nacionales, tanto desarrolladas como en desarrollo.

Un nuevo aspecto del proceso de globalización es la progresiva orientación de los flujos internacionales de IED hacia los países en desarrollo, cuya participación en los totales anuales a nivel mundial aumentó de 14.9% en 1990 a 37.8% en 1996. Entre 1991 y 1996, el mundo en desarrollo recibió más de 82 000 millones de dólares anuales de IED (133 000 millones en 1996), concentrados principalmente en los países en desarrollo de Asia (63%) y en América Latina y el Caribe (31%). Durante este período, buena parte de ese aumento correspondió a China. No obstante, a pesar de los avances en la diversificación geográfica de las corrientes de IED dirigidas a estos países, el grueso de estos ingresos de capital aún se concentra en unas pocas economías receptoras: las 10 principales absorben más de 75% del total anual.

Durante la década de 1990, las reformas y la estabilidad macroeconómica mejoraron significativamente la percepción de los inversionistas extranjeros con respecto a América Latina y el Caribe. Esto se tradujo en una creciente participación de la región en los flujos internacionales de capital, en particular los de cartera, consolidándola como un "mercado emergente", a pesar de sus incertidumbres y fluctuaciones. Asimismo, la paulatina mejoría de los fundamentos de las economías regionales se ha reflejado en una mayor participación de los capitales de largo plazo, especialmente de la IED, en los ingresos regionales, así como en una más adecuada capacidad de reacción ante los impactos externos. Estos logros quedaron demostrados por la rápida reversión del panorama regional luego de la crisis financiera que afectara a México a finales de 1994.

Entre principios de julio y mediados de octubre de 1997, varias de las principales economías del sudeste asiático se vieron enfrentadas a graves dificultades económicas. El 23 de octubre el índice Hang Seng, principal indicador de la Bolsa de Hong Kong, registró su mayor baja en una década (10.4%), y arrastró en su caída a la mayoría de las mercados bursátiles del mundo. Las pérdidas más importantes se registraron en los mercados emergentes de Asia y América Latina (Hong Kong, Corea del Sur, Tailandia, Brasil, Argentina y México). Cuatro días después, las acciones norteamericanas sufrieron su peor descenso (7.18%) desde el crash del 29 de octubre de 1987, lo que obligó a acordar un cierre anticipado de las transacciones de la Bolsa de Valores de Nueva York.

En un primer momento, con la "crisis del peso" aún en la memoria, los efectos globales de las dificultades surgidas en Asia fueron bastante duros para América Latina. En especial si se considera que los mercados regionales fueron los últimos en absorber las caídas de las bolsas de Asia, Europa y Estados Unidos, lo que incrementó el temor de los inversionistas. El impacto fue particularmente fuerte en Brasil, seguido de Argentina, México y Perú.

En general, a pesar de los efectos negativos de la crisis asiática, tanto comerciales como de financiamiento externo, hasta ahora las economías latinoamericanas han logrado administrar y controlar ese choque externo. Así lo confirmaron los favorables resultados macroeconómicos exhibidos por la región durante 1997 (5.3% de crecimiento del PIB y una inflación inferior a 11%). En parte, esto ha sido posible gracias a la disminución de la vulnerabilidad financiera, resultado a su vez del cambio en la composición de los ingresos de capital (en los que la IED ha adquirido una importancia creciente) y el mejor desempeño del sistema bancario latinoamericano observado en los últimos años.

Hasta la fecha, los efectos de la crisis asiática no se han reflejado en las corrientes de IED hacia América Latina y el Caribe. No obstante, es muy probable que si se prolongan, sus repercusiones comiencen a hacerse sentir en el mediano plazo. En primer lugar, las devaluaciones han vuelto más competitivas a las economías asiáticas, lo que podría acrecentar el interés en esa región por parte de los inversionistas internacionales, así como desincentivar la inversión asiática en el exterior, lo que podría incidir en la concreción de algunos importantes proyectos de inversión en ciertos países latinoamericanos (Brasil y México, entre otros). En segundo lugar, las dificultades financieras de las mayores empresas de los países asiáticos afectados por la crisis también podrían acentuar la disminución de sus inversiones en el exterior, ya que los recursos disponibles se destinarían fundamentalmente a encarar su excesivo endeudamiento.

Sin embargo, la estabilización macroeconómica, la apertura comercial y financiera, los amplios programas de privatización, la liberalización de los marcos regulatorios aplicados a las inversiones privadas, y los procesos de integración regional han modificado sustancialmente el ambiente de los negocios en América Latina y el Caribe al incentivar decisiones de inversión por parte de empresas (nacionales e internacionales) que ya operaban en la región o de las recién entrantes. Así, a pesar de la gravedad de la crisis financiera de México y las perturbaciones originadas en Asia, los flujos de IED siguieron registrando un sostenido crecimiento, hasta alcanzar en 1997 un récord histórico que se ha estimado en 50 000 millones de dólares.

En el primer quinquenio de los noventa, la afluencia de IED fue fuertemente influida por los programas de privatización puestos en marcha en varios países de la región. En forma gradual, a los ingresos percibidos por los gobiernos latinoamericanos por concepto de transferencia de activos se han sumado nuevas y sustantivas inversiones directas destinadas a modernizar las empresas que cambiaron de propiedad. Esta dinámica es generada por las necesidades de expansión que encaran estas empresas en economías más abiertas y expuestas a la competencia. Asimismo, los nuevos y masivos ingresos de capital han ido siendo condicionados por una "segunda ola" de privatizaciones, caracterizada por la transferencia al sector privado—en forma de concesiones— de servicios antes provistos por el Estado, que viene a sumarse a la apertura parcial a la inversión privada extranjera de algunas de las grandes empresas públicas que aún permanecen bajo control estatal. En muchos casos, los inversionistas extranjeros se han asociado con firmas locales, como una manera de diversificar los riesgos asociados a tales operaciones. A pesar de que estas inversiones no incrementan, por lo menos en un primer momento, la capacidad productiva del país receptor, han permitido mejorar la calidad de los servicios (principalmente de energía, transporte y telecomunicaciones), lo que incide positivamente en la competitividad internacional sistémica.

Aun cuando la venta de empresas públicas prácticamente está concluyendo en varios países de la región (Argentina, Chile y México), luego de haberse obtenido más de 90 000 millones de dólares de ingreso, aún existirían activos estatales privatizables por unos 100 000 millones, principalmente en Brasil. A finales de los años ochenta, los programas de privatización eran concebidos como un incentivo para atraer el capital extranjero y contribuir a aliviar los efectos de las fuertes restricciones del financiamiento internacional. Actualmente, dada la mejor percepción que se tiene de América Latina en los círculos empresariales -reflejada en los altos precios que se está dispuesto a pagar por los activos estatales-, sería difícil seguir sosteniendo que estos mecanismos constituyen un incentivo. Además, se debe tener presente que la existencia de los esquemas de privatización está determinada por la disponibilidad de activos y termina una vez que éstos son transferidos al sector privado.

Por otra parte, además de la transferencia de activos públicos al sector privado extranjero, las fusiones y adquisiciones de empresas privadas por inversionistas externos han comenzado a adquirir gran importancia. En mercados más abiertos, los propietarios de muchas firmas se han visto obligados a vender por no contar con la tecnología y el capital necesarios para competir. Durante los últimos años, muchas empresas extranjeras han aprovechado estas oportunidades para entrar o expandir su presencia en la región. En una primera etapa, el interés se concentró en México, con vistas a aprovechar las ventajas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), y posteriormente se extendió a Argentina y Brasil, una vez que lograron una estabilidad macroeconómica y la consolidación del Mercado Común del Sur (Mercosur) expandió el mercado interno.

La compra de una firma establecida es la manera más rápida y fácil de entrar a un mercado en expansión, lo que ha atraído a muchas empresas extranjeras. Así se elimina parte de la competencia y se hereda una posición en el mercado, canales de distribución y el conocimiento (know-how) respecto del consumidor local. En el primer semestre de 1997, las fusiones y adquisiciones de empresas en América Latina representaron 13% del total mundial, sobrepasando a Asia, lo que refleja la importancia que está adquiriendo este fenómeno en la región.

En el presente informe se ha intentado recopilar y sistematizar la información disponible sobre este proceso, a fin de contribuir a su mejor interpretación. Los antecedentes obtenidos de la prensa financiera -aunque no son estrictamente comparables- han permitido complementar la cifras oficiales sobre los ingresos de IED, y de este modo dar algunas orientaciones sobre las estrategias de los inversionistas extranjeros en el nuevo panorama regional.

En 1996, último año para el que se dispone de información completa, los flujos de IED se concentraron en Brasil (25%) y México (20%), seguidos de Argentina (10%), Chile (9%), Perú (8%) y Colombia (8%). En general, el interés del capital extranjero ha sido acaparado por lo servicios, principalmente en las áreas de la energía (Brasil, Argentina y Colombia) y financiera (Argentina, Colombia, Venezuela y Brasil). Asimismo, destacan las inversiones en actividades extractivas, como minería (Chile, Perú y, más recientemente, Argentina) y explotación petrolera (Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela), el sector manufacturero (Argentina, Brasil y México, principalmente en la industria automotriz) y actividades de exportación (industria maquiladora en México y en algunos países de América Central y el Caribe).

La recuperación económica ha puesto a Brasil a la cabeza de las preferencias de los inversionistas extranjeros interesados en América Latina y el Caribe. Para algunos analistas, los considerables ingresos registrados serían sólo el comienzo de una expansión aún mayor de esos flujos. En los próximos tres años, con la reactivación del programa de privatizaciones, se esperan inversiones por más de 60 000 millones de dólares sólo en los sectores de las telecomunicaciones y la energía eléctrica. En 1997, concluida la etapa de privatización de empresas industriales -con la venta de Vale do Rio Doce en 3 140 millones de dólares efectuada en mayo- y de la entidad federal de transporte ferroviario, se ha comenzado a licitar las empresas generadoras y transmisoras de energía eléctrica, los servicios de telefonía celular y el sistema bancario.

De acuerdo con lo informado por el Banco Central de Brasil, en 1996 ingresaron unos 2 300 millones de dólares de capital extranjero por concepto de privatizaciones. Cabe señalar, sin embargo, que dicho monto corresponde a la participación extranjera en la transferencia de sólo dos empresas públicas al sector privado, aunque estas operaciones bastaron para modificar la distribución sectorial de la IED en Brasil. Así, los servicios públicos (electricidad, telecomunicaciones y transporte ferroviario) absorbieron 32% de las inversiones registradas ese año, en tanto que al sector de los servicios en su conjunto le correspondió 62% de los ingresos totales de IED. Este cambio es importante, si se tiene presente que en términos del acervo de IED, dicho sector tiene una participación no superior a 30%. No obstante, la información sobre nuevos proyectos de inversión indicaría que la industria manufacturera recuperará su importancia histórica, especialmente como resultado de las grandes inversiones en curso y proyectadas en el sector automotor.

Las mejores perspectivas de las principales economías del Mercosur y los avances en el proceso de integración han renovado el interés de los inversionistas extranjeros. En este sentido, la renovada estrategia de las ET en la subregión revela progresivamente una visión de mercado ampliado. Esta dinámica es especialmente clara en el sector manufacturero (industria automotriz) y en algunos servicios, como la banca, las telecomunicaciones y la generación y distribución de energía eléctrica. Así, los cambios en curso tendrán un impacto significativo en la competitividad futura del Mercosur.

Durante la primera mitad de la década, México fue el principal receptor de IED, ya que allí se concentraba más de la mitad de los flujos ingresados a América Latina. Su participación en el TLC contribuyó a fortalecer su posición, una vez que los inversionistas extranjeros comenzaron a aprovechar las oportunidades de acceso garantizado al mercado norteamericano y de trato arancelario preferencial otorgados a México en su comercio con Canadá y Estados Unidos.

En los últimos años, a pesar de la mayor apertura en los sectores de servicios, las privatizaciones y el retraso cambiario, la economía mexicana se mantuvo como destino privilegiado de las inversiones de las grandes ET manufactureras, principalmente norteamericanas. Así, la fuerte devaluación del peso de finales de 1994 le permitió ganar competitividad en el sector de los rubros transables, lo que estimuló las inversiones destinadas a la producción de exportación, especialmente en las industrias automotriz y maquiladora.

A pesar de que en muchos casos se trata de las mismas empresas, las estrategias que aplican en Brasil y en México son muy diferentes. En el primero aprovechan, en general, las ventajas de su gran mercado interno y las proyecciones del Mercosur, mientras que en el segundo tienden a utilizar el país como base de producción para abastecer el mercado norteamericano.

Esto se comprueba, por ejemplo, en el sector manufacturero, especialmente en la industria automotriz. Entre 1990 y 1995, los fabricantes extranjeros de vehículos invirtieron unos 12 000 millones de dólares en la región. Entre 1995 y el 2000 se esperan inversiones por 23 300 millones, de los cuales más de la mitad se destinará a Brasil. Durante 1997, la mayoría de estos proyectos se encuentra en ejecución y se han comenzado a consolidar las estrategias de las ET involucradas:

  • Las empresas ya establecidas en América Latina están reforzando su posición en la región mediante la modernización, ampliación y diversificación de su capacidad productiva, así como la adaptación a las normas internacionales para poder exportar. Tal es el caso de Chrysler, Ford, General Motors, Nissan y Volkswagen en México.
  • Las empresas con una fuerte posición en el mercado latinoamericano han realizado inversiones para defender su participación de mercado y responder al aumento de la demanda, especialmente de autos populares. Esta es la situación de Fiat, Ford , General Motors y Volkswagen en Brasil.
  • Ha aumentado el número de empresas que anteriormente no tenían presencia en la región (o que regresaron a ella) y ahora buscan nuevos "nichos de mercado". Así ocurre con Chrysler, BMW, Mercedes Benz, Peugeot y Renault (que ha establecido su segunda fábrica fuera de Alemania), y algunas firmas de origen asiático (Asia Motors, Honda y Hyundai), básicamente en Brasil.
  • También dentro del sector manufacturero, la industria maquiladora (ensamblaje) ha adquirido una creciente importancia, en particular en México y algunos países centroamericanos y del Caribe. Tal es el caso de los computadores y televisores en México, los componentes para computadores (Intel) en Costa Rica y, principalmente, la industria del vestuario en la mayoría de estas economías, con vistas a aprovechar su cercanía del mercado estadounidense, algunos incentivos de orden tributario y los bajos niveles salariales.

    Por otra parte, la apertura de muchas actividades de acceso antes restringido para el capital extranjero y las favorables perspectivas económicas de la región han contribuido a modificar las tendencias sectoriales de la IED en América Latina y el Caribe.

    Una parte creciente de los flujos de IED se dirige a las industrias extractivas tradicionales, en respuesta a la promulgación de nuevos códigos de minería en países como Perú, Bolivia y Argentina. Actualmente, América del Sur es la región del mundo que capta más inversión en minería, con un monto que bordeó los 14 300 millones de dólares durante 1997, más del doble del registrado en 1995. También se destacan las masivas inversiones en el sector de los hidrocarburos, especialmente en petróleo. Estas actividades, hasta hace pocos años bajo control estatal, se han abierto paulatinamente a la inversión privada por la vía de la licitación de reservas secundarias, la formación de empresas conjuntas (joint ventures) en ciertas actividades principales y, en algunos casos, de la privatización total del sector. Son especialmente interesantes los casos de Venezuela y Colombia. En el primero de estos países la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) e inversionistas extranjeros están llevando a cabo proyectos conjuntos por un monto cercano a 5 400 millones de dólares. En Colombia, el descubrimiento de nuevas reservas y la decisión de la Empresa Colombiana de Petróleos (ECOPETROL) de poner en venta algunos de sus activos han permitido al sector de los hidrocarburos concentrar cerca de 40% de la IED ingresada al país en los últimos años.

    La liberalización del sector financiero ha dado lugar a importantes inversiones en la mayoría de los países de la región, especialmente en Argentina, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela. En años recientes, las principales adquisiciones han sido las realizadas por bancos españoles, especialmente ell Banco Bilbao Vizcaya (BBV), el Banco Central Hispano (BCH) y el Banco Santander. En Brasil, este proceso recién está comenzando, por lo que se esperan importantes operaciones como resultado de la privatización de los bancos pertenecientes a los estados federales.

    Estados Unidos se ha mantenido como el principal inversionista en América Latina y el Caribe. Actualmente las ET estadounidenses están efectuando fuertes inversiones en la región, especialmente en Brasil y México. En 1996, esta dos economías se convirtieron en los principales destinos de las inversiones de ese país en el mundo en desarrollo. La segunda fuente de IED para la región es la Unión Europea (UE) en su conjunto. En 1996, la mayor parte de las IED europea -básicamente de España, Alemania y el Reino Unido- se destinó a los países del Cono Sur. Llama la atención, asimismo, la baja participación de las inversiones japonesas en las afluencia total de IED hacia la región. No obstante, se ha registrado un importante ingreso de inversiones asiáticas (Corea del Sur y Taiwán), destinadas básicamente a abastecer el mercado norteamericano.

    En los últimos años, de forma paralela a la expansión y diversificación del comercio intrarregional, se ha observado un importante incremento de las inversiones entre los países de la región. Esta tendencia ha adquirido especial dinamismo en el Cono Sur, especialmente en Chile. Aunque aún es un proceso incipiente y difícil de medir, dadas las dificultades para obtener información relevante, es muy probable que siga ganando fuerza a medida que avancen y se profundicen los esquemas de liberalización e integración regional. Asimismo, esta tendencia revela un cambio importante en la manera en que las empresas líderes latinoamericanas encaran los desafíos de la globalización, así como una creciente confianza en las economías regionales.

    En definitiva, se aprecian importantes avances en la integración de América Latina y el Caribe a la economía internacional, lo que ha supuesto superar los efectos negativos de las profundas transformaciones internas y las repercusiones de las perturbaciones externas. De este modo, varios países latinoamericanos comienzan a formar parte de los esquemas integrados de producción de las grandes ET, las cuales están realizando nuevas inversiones o reestructurando las antiguas, estimuladas por el nuevo panorama regional.

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