Excelentísimos señores y señoras,
Damas y caballeros:
Es un gran honor para mí estar aquí reunido con ustedes en esta ocasión histórica.
La ampliación de la Unión Europea tendrá consecuencias de largo alcance. Todos abrigamos la esperanza de que una Unión más amplia sea también una Unión más fuerte, capaz de hacer una contribución aún más decisiva al progreso y a la estabilidad mundiales.
La necesidad de esta contribución se hará sentir urgentemente porque, en este nuevo siglo, son tantas las amenazas mundiales a nuestra paz y a nuestra seguridad: desde el terrorismo internacional y la proliferación de las armas de destrucción en masa hasta el tráfico de armas pequeñas; desde el cambio del clima hasta la aparición de nuevos virus mortales. Cualquiera de estas amenazas o todas ellas podrían poner en peligro no sólo nuestra estabilidad sino nuestra propia supervivencia.
Estos problemas no son nuevos para las Naciones Unidas. Pero para mucha gente han adquirido una nueva dimensión y cobrado un nuevo y doloroso relieve desde los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 y aún más desde la guerra en el Iraq.
Existen profundos recelos y desconfianza, tanto entre las naciones como dentro de ellas. También hay aprensión sobre las consecuencias de acontecimientos recientes para nuestro sistema colectivo de seguridad y para el imperio del derecho en el plano internacional.
Y sin embargo la gente de todo el mundo comprende instintivamente que la mejor respuesta es unirse, afirmando y defendiendo los valores humanos que todos nosotros compartimos. La gente busca instituciones y sistemas capaces de sostener los principios fundamentales y producir soluciones colectivas a los problemas compartidos.
Entre esas instituciones, la Unión Europea es un rayo de esperanza para la paz y la reconciliación, no sólo para la propia Europa sino para todo el mundo. Y a nivel mundial, son naturalmente las Naciones Unidas donde la gente espera encontrar un marco de seguridad estable. Para bien del mundo, nuestras dos instituciones deben actuar en colaboración.
Excelentísimos señores y señoras:
Comparto la decepción que sienten ustedes de que Chipre ingrese en la Unión todavía dividida. Yo creo que el plan que he propuesto es justo y equilibrado y debería servir de base, en definitiva, para la solución del conflicto.
Se ha perdido una oportunidad muy especial. Pero no tengo ninguna duda de que, en última instancia, habrá una solución. Lo único que falta es la necesaria voluntad política.
Hoy no es el fin del proceso de ampliación de la Unión Europea. Hay más Estados que esperan ser admitidos en el futuro. La perspectiva de pertenecer un día a la Unión Europea es un factor vital para la estabilidad y el progreso en toda la región de los Balcanes y el sudeste de Europa, donde incluyo a Turquía.
La ampliación también les trae nuevos vecinos y ése es el tema de esta conferencia. Me felicito de que hayan resuelto evitar nuevas líneas divisorias. El destino de Europa, estoy seguro, no es ser una fortaleza, sino servir de modelo de vigor a través de su diversidad, su generosidad y su prosperidad. Si Europa ha de alcanzar toda su promesa potencial, deberá proyectar estabilidad hacia el exterior, al tiempo que acoge con brazos abiertos las ideas nuevas, los productos nuevos y -espero- los pueblos nuevos. Ustedes los necesitan, tanto como ellos los necesitan a ustedes.
Huelga decir que ustedes aspiran a vivir en una región pacífica y estable. El cruento conflicto en las orillas mismas de la Unión entre árabes e israelíes es motivo de gran inquietud para ustedes, al igual que para sus vecinos rusos, sus asociados transatlánticos y, en realidad, para todo el mundo.
Por esta razón, las Naciones Unidas se esfuerzan denodadamente por realizar, en colaboración con ustedes, como parte del Cuarteto, la visión de dos Estados, Israel y Palestina, viviendo juntos en paz y seguridad, solución que ha de ser la piedra fundamental de un arreglo amplio basado en las resoluciones de las Naciones Unidas.
Estoy convencido, al igual que ustedes, de que actualmente disponemos de una guía general que nos puede llevar a esa meta. Urge persuadir a ambas partes a que encuentren la voluntad política de seguirla, sin imponerse condiciones previas mutuamente, sino marchando juntos hacia adelante, hacia la paz.
Nuestro éxito en esa empresa, como en tantas otras, dependerá de la forma en que la comunidad internacional haga frente al formidable problema del Iraq.
Nada ha dividido tanto al mundo desde el final de la guerra fría. Es vital que cerremos ahora las heridas de esa división. El mundo no puede darse el lujo de un largo período de recriminaciones.
No es preciso que nadie renuncie a sus posiciones de principio. Lo que sí podemos y debemos hacer es definir un conjunto de principios y objetivos que todos podamos aceptar y entonces dar el primer paso hacia adelante.
Nuestra primera preocupación, por cierto, en todas nuestras iniciativas relativas al Iraq, ha de ser el bienestar del pueblo iraquí.
El pueblo iraquí ha sufrido terriblemente y merece un futuro mejor. Sus necesidades más inmediatas son ahora de orden público y seguridad, y de socorro humanitario. Es imperativo por tanto que la coalición, en su calidad de Potencia ocupante, dé ahora la máxima prioridad al cumplimiento de sus obligaciones en virtud del Cuarto Convenio de Ginebra y el Reglamento de La Haya.
Por nuestra parte, en las Naciones Unidas ya hemos empezado a asumir nuestra esencial función humanitaria. Haremos cuanto esté en nuestro poder para asistir al pueblo iraquí de manera independiente e imparcial.
Otras medidas, más fundamentales, tendrán mucha más legitimidad si las adoptan los propios iraquíes, lo cual significa que sólo podrán ponerse en práctica cuando haya llegado el momento oportuno.
La comunidad internacional, por su parte, debe guiarse en su política y sus medidas futuras hacia el Iraq por un conjunto de principios básicos que yo creo que todos compartimos:
- Soberanía, independencia política e integridad territorial del Iraq;
- Derecho del pueblo iraquí a determinar libremente su propio sistema de gobierno y sus dirigentes políticos, así como a ejercer el control sobre sus propios recursos naturales;
- Necesidad de ayudar al pueblo iraquí, lo antes posible, a establecer las condiciones para una vida normal y poner fin al aislamiento del Iraq;
- Necesidad de que todo papel confiado a las Naciones Unidas, más allá del puramente humanitario, derive de un mandato del Consejo de Seguridad, acorde con la Carta, y acompañado de los recursos necesarios. (Esto significa que ni debe pedirse a las Naciones Unidas que desempeñen una función subalterna bajo una Potencia ocupante ni, por el contrario, que asuman responsabilidades que en las circunstancias no pueden cumplir.)
- Finalmente, y por encima de todas las cosas, necesidad de reservar el lugar de honor, en todos nuestros pensamientos, a los derechos e intereses del pueblo iraquí. Sólo así podremos abrigar la esperanza de alcanzar un futuro viable para el Iraq.
Si nos basamos firmemente en esos principios, creo que podremos volver a unirnos en torno a un proyecto encaminado a brindar al pueblo iraquí la oportunidad de un futuro más promisorio. Y eso podría representar un gran paso hacia un mundo más estable y pacífico. Muchas gracias.