La Declaración Universal de Derechos Humanos ha sido, durante 55 años, un rayo de esperanza para nuestro mundo. También lo han sido los valientes hombres y mujeres consagrados a la defensa de los derechos humanos en todos los países y a cuya dedicación y valor hoy deseo rendir homenaje. Lo hago cuando aún no han transcurrido cuatro meses desde que las Naciones Unidas perdieron a su principal defensor de los derechos humanos, Sergio Vieira de Mello, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, que falleció junto con otros 21 denodados luchadores por la paz y los derechos humanos en el ataque per-petrado contra la sede de las Naciones Unidas en Bagdad. Su muerte fue un golpe muy duro para la causa de los derechos humanos.
Los defensores de los derechos humanos, a la vanguardia de las líneas de protección, iluminan con la luz brillante de los derechos humanos los más oscuros rincones de la tiranía y el abuso. Su labor está dirigida a salvaguardar el imperio del derecho, reducir la violencia, la pobreza y la discriminación y edificar las estructuras de sociedades más libres, equitativas y democráticas. Hacia ellos vuelven el rostro muchas víctimas de las violaciones de los derechos humanos en los momentos en que más lo necesitan.
A algunos pocos defensores de los derechos humanos se les ha otorgado el reconocimiento debido. Por ejemplo, a las sobresalientes personas y organizaciones que recibirán hoy los Premios de las Naciones Unidas del año 2003 en la esfera de los derechos humanos; y a la Sra. Shirin Ebadi, que recibirá hoy el Premio Nobel de la Paz por sus valerosos esfuerzos en pro de la causa de los derechos humanos. Sin embargo, a la mayoría de los defensores de los derechos humanos se les concede escaso reconocimiento o aprecio, y muchos continúan siendo atacados, acosados o perseguidos por su vital labor.
La defensa de los derechos humanos no es algo que incumba tan sólo a esas personas valientes. La responsabilidad es de todos nosotros. Todos nosotros debemos ser defensores de los derechos humanos. Y un buen lugar para comenzar es defender a los que promueven la causa de los derechos humanos.
Saludo por ello a todos y cada uno de los defensores de los derechos humanos, dondequiera que estén. Todos y cada uno de ustedes desempeña un importante papel en la edificación de un mundo que haga honor a la promesa de la Declaración Universal: un mundo en el que se respete la dignidad intrínseca, la igualdad y los dere-chos inalienables de todos los miembros de la familia humana. Su labor es una inspi-ración para todos nosotros. Y ustedes no están solos.