La pérdida de Sergio Vieira de Mello es un duro golpe para las Naciones Unidas, y para mí en lo personal.
Es difícil aceptar la muerte de cualquier colega, pero no se me ocurre ninguna otra persona que fuera tan imprescindible como Sergio, o cuya desaparición fuera más lamentada dentro del sistema de las Naciones Unidas. Durante su carrera, sirvió de forma excepcional a la humanidad, mitigó el sufrimiento de hombres y mujeres como él, les ayudó a resolver sus conflictos y a reconstruir sociedades destrozadas por la guerra. Desarrolló su labor con los pueblos de todos los continentes: como oficial del Alto Comisionado para los Refugiados, como Coordinador del Socorro de Emergencia, como mi Representante Especial en Kosovo y Timor Oriental y (demasiado brevemente) como Alto Comisionado para los Derechos Humanos; en todos estos puestos sorprendió a quienes trabajaban con él por su simpatía, su energía y su capacidad para lograr los objetivos marcados, no por la fuerza sino mediante la diplomacia y la persuasión.
En Iraq, donde pasó los tres últimos meses de su vida, trabajó noche y día para ayudar al pueblo iraquí a recuperar el control de su destino y a construir un futuro de paz, justicia y plena independencia. Hoy, resulta trágico que haya dado su vida por esa causa, junto con otros que, como él, eran funcionarios dedicados y muy queridos de las Naciones Unidas. Quienes lo mataron no sólo han cometido un crimen contra las Naciones Unidas, sino también contra Iraq.
Comparto la aflicción de la familia de Sergio. Todos lo echaremos de menos con dolor, como colega y como amigo. Esforcémonos por ser dignos de su recuerdo y terminar el trabajo que él comenzó, para que su muerte no sea en vano.
Traducción no oficial al español